Sexo y Comida

El sexo y la comida no se parecen por casualidad.
Ambos nacen del deseo, se activan en la anticipación y se recuerdan por la emoción que dejan.

Desde la psicología, Sigmund Freud lo planteó con claridad:

El placer es un impulso aprendido.

Más tarde, la ciencia del comportamiento lo confirmó. Para el psicólogo Paul Rozin, no comemos solo por hambre, sino por memoria, cultura y placer entrenado:

El gusto se educa.

Pero mucho antes de los libros y los estudios, estaban los susurros.

Desde pequeño escuché que si comías mariscos el deseo se volvía más impulsivo,
que ciertos alimentos “encendían algo”,
que los huevos de toro no solo alimentaban el cuerpo, sino que intensificaban la energía sexual.
Nadie lo explicaba del todo.
Se decía en voz baja, como un taboo, como un pecado.

Con los años entendí que, más allá del mito, había una intuición colectiva: la comida no solo nutre, también activa. Así como fortalece el sistema inmunológico, impulsa la energía vital. Lo que estimula los sentidos prepara al cuerpo para sentir más, desear más, vivir más.

La literatura lo convirtió en símbolo.
Cuando leí Como agua para chocolate, esa idea tomó forma narrativa: un platillo cargado de emoción provoca deseo desbordado. Hay dramatismo, sí. Pero también una verdad sensorial difícil de ignorar.

Ahí nace Sexo y Comida.

Un espacio donde la gastronomía se piensa, se siente y se vive con intención.
Donde el paladar se entrena,
los sentidos se despiertan
y el placer deja de ser automático para volverse consciente.

Porque comer bien,
como desear bien,
también se aprende.

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